Año nuevo. Vida nueva. O eso dicen.
Cada 1 de enero cambiamos un dígito en el calendario y, casi sin darnos cuenta, aceptamos una presión absurda: la idea de que nuestra vida debería cambiar al mismo ritmo que el año.
Este episodio es una reflexión tranquila —y algo incómoda— sobre esa exigencia social de transformarnos de golpe, de reiniciarnos, de empezar de cero, cuando el cuerpo, la cabeza y la vida real no entienden de campanadas.
Porque quizá el problema no sea no cambiar… sino creer que estamos obligados a hacerlo.
