¿Te has parado a pensar detenidamente cuánto pesa el testimonio de una mujer dependiendo de a quién señale con el dedo? Estos días me he levantado con un nudo en el estómago tras leer la investigación de tres años de eldiario.es. No es un titular de un click, es un trabajo de fondo, de esos que ya casi no se ven, que pone sobre la mesa acusaciones de agresiones sexuales a empleadas que son, sencillamente, escalofriantes. Pero lo que realmente me vuela la cabeza, lo que me indigna como ciudadano y como profesional, es ver la gimnasia mental que practican algunos para no ver la viga en el ojo propio. Mientras Isabel Díaz Ayuso se lanza a un blindaje ideológico casi fanático y Vox sugiere, sin que se les caiga la cara de vergüenza, que estas mujeres son poco más que figurantes en una cortina de humo para salvar a Pedro Sánchez, no puedo evitar recordar los incendios que provocaban esos mismos labios cuando el acusado llevaba otras siglas. Hoy quiero que analicemos juntos este doble rasero que nos asfixia. Voy a hablarte de la moderación calculada de Feijóo, que espera a que el viento de las encuestas le haga el trabajo sucio, y de un Gobierno que, en su afán por no llegar tarde otra vez, se salta los tiempos de la justicia con nuestro artista más internacional. Pero, sobre todo, quiero hablarte de lo que nunca cambia: de hombres que agreden y de mujeres que son creídas o silenciadas según convenga al poder de turno. Porque la izquierda no suele perdonar a los suyos, aunque a veces reaccione tarde, pero en el otro lado parece que si el agresor es ‘uno de los nuestros’, la víctima simplemente no existe. Quédate, porque hoy tengo mucho que contarte y, sobre todo, mucho que pensar contigo
