El episodio arranca fuerte: Con Emilcar de invitado especial, y Jacob vestido de lino blanco “soy-bueno-pero-no-tanto”, se monta una vida de influencer espiritual del siglo XIX, hilando tapices y pescando como si estuviera grabando un tutorial de YouTube. Llega su “amigo” de túnica negra, que básicamente le dice: “Jacob, colega, me caes tan mal que llevo siglos pensando en cómo matarte”. Jacob le contesta con un “sí, ya lo sé”, como quien acepta que su cuñado opine de política en Navidad. Y ahí tienes a los dos, sentaditos bajo una estatua gigante estilo IKEA Egipcio Edición Limitada.
Luego vienen los flashbacks de reclutamiento. Jacob está más ocupado que el repartidor de Amazon un Black Friday, tocando gente por el mundo entero:
– A Kate le hace prometer que no robe… y todos sabemos cómo le fue con eso.
– A Sawyer le regala un boli en plan “venga campeón, escribe tu carta de odio, no pasa nada”.
– A Sayid, bueno… digamos que el timing de Jacob para pedir direcciones es tan malo que provoca un atropello.
– A Jin y Sun les da su bendición en la boda como si fuera ese tío raro que nadie ha invitado pero aparece igual.
– A Hurley le dice que hablar con muertos es un don.
– Y a Locke lo revive del suelo después de la caída del octavo piso. Tremenda escena. Cero prisas. “Uy, se te ha roto un poco la columna, John… pero tranqui, todo irá bien”.
Total, Jacob va por el mundo haciendo turismo y toqueteando gente, y eso es lo más normal que pasa en este capítulo.
En 1977, Jack decide que lo mejor para todos es… hacer estallar una bomba atómica. Porque cuando eres cirujano traumatizado y con problemas emocionales, obviamente la solución es la energía nuclear. Mientras él y Sayid desmontan la bomba (nada sospechoso), Roger Linus les pilla y Sayid acaba con un agujero extra.
En paralelo, Sawyer, Juliet y Kate vuelven del submarino, se encuentran a Rose, Bernard y Vincent viviendo la jubilación perfecta: playa, choza y sálvese quien pueda. Rose básicamente les dice: “Mira, paso de vuestras movidas temporales. Nosotros estamos bien. Suerte con lo vuestro”.
La tensión sube: peleas, discusiones, corazones rotos… Juliet nota que Sawyer mira a Kate con esa carita de “ay, la que me va a liar”. A partir de aquí, la relación Sawyer–Juliet va cuesta abajo como el Bitcoin en 2025.
En la obra del Cisne, todo explota… menos la bomba. El electromagnetismo empieza a absorberlo todo: herramientas, coches, incluso las ganas de vivir de los espectadores. Juliet acaba atrapada por una cadena, Sawyer intenta salvarla, no puede, y ella cae al pozo en una de las escenas más dolorosas de la serie. Y mientras está hecha polvo ahí abajo, decide golpear la bomba a pedradas como si fuera un mando de la Play cuando no funciona. Octavo golpe: BOOM, pantalla blanca. Fin de la primera parte. Gracias por venir.
En 2007, Locke (que NO es Locke) lleva a Ben a ver a Jacob. Lo convence recordándole todos sus traumas, que oye, manipulaciones psicológicas nivel máster. Richard sigue sin entender nada, pero ya está acostumbrado: tiene 150 años de experiencia en mirar con cara de “¿perdón?”.
Ilana y su equipo aparecen cargando un ataúd XXL. Lo abren y… sorpresa: Locke está muerto. O SEA: el Locke que está en la isla es un fake. Sun pone cara de “yo ya no puedo más”.
Cuando Ben y Locke entran a ver a Jacob, Locke revela su identidad con la sutileza de un ladrillo: es el tipo de túnica negra del barco al inicio, el que llevaba siglos queriendo matar a Jacob.
Jacob, muy zen, básicamente va así:
- Jacob: “Puedes irte, chico, no hace falta que me apuñales”.
- Ben, que lleva toda la serie buscando validación, explota: “¿Y de mí qué?”.
- Jacob: “¿Y de ti qué?”.
- Ben: Puñalada. Puñalada.
Jacob cae a la hoguera como un tronco de leña seca y solo alcanza a decir: “Ya vienen”, que es lo más tranquilizador que puedes decir antes de morir calcinado en una estatua egipcia gigante.
Y así acaba la primera parte: una bomba, una muerte, un impostor, muchísimo electromagnetismo y cero respuestas claras. Vamos, Lost en su máxima esencia.
